Agro

El campo ha cambiado, la tierra no

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El campo ha avanzado, ha incorporado máquinas y nuevas formas de trabajar, pero, la relación entre quien cultiva y la tierra, sigue apoyándose en el mismo principio: respeto.

El campo ha avanzado, ha incorporado máquinas y nuevas formas de trabajar, pero, la relación entre quien cultiva y la tierra, sigue apoyándose en el mismo principio: respeto.

Emilio Gómez. 04/03/2026

Recuerdo a unos vecinos de mi pueblo, los Toronto, aquella familia que vivía para su huerta como si la tierra y ellos fueran un mismo cuerpo. Vivían en las afueras del pueblo, cultivando berzas, aceitunas y grano, llenando sus días de barro y esperanza.

La imagen de la noria, sacando agua como si el mundo dependiera de cada vuelta, vuelve a mi memoria tan nítida que casi puedo oler el barro mojado.

El agua, antes de llenar la alberca, se dejaba correr por el reguero.

Y el Toronto, con sus albarcas hechas de neumático gastado, caminaba descalzo refrescándose los pies como un niño grande. Su mujer, Luisa, delgada y morena como la tierra de secano, era un rayo que no paraba nunca.

De sus manos salían los mejores tomates que he probado en mi vida: de piel fina y sabor a gloria. Nadie supo nunca de dónde salía aquella simiente misteriosa, pero todos sabíamos que allí, en su huerta, crecía la vida. Tenían vacas para la leche, ovejas y cabras para el queso, conejos, gallinas…, y un banco de castaño grande donde se sentaban al caer la tarde mirando su pequeño reino. Aquello era el campo de antes.

Un campo hecho de esfuerzo, de animales, de agua sacada con paciencia y de días que parecían no terminar nunca. Pero todo cambió el día que viajaron a Málaga buscando el mar que todavía no conocían.

Allí, en una tienda del puerto, vieron un motor pequeño que prometía sacar agua sin burro, sin noria y sin tanto esfuerzo.

Volvieron con los ojos encendidos, como si trajeran un pedazo del futuro en el maletero.

Colocó el motor sobre una tabla vieja, conectó una goma amarilla enorme y, cuando lo arrancó, el chorro de agua salió disparado con una fuerza que nos dejó a todos callados.

—Luisa, ven que veas esto, por Dios bendito —gritó.

Aquello fue el principio de un cambio. El campo empezó a dar saltos.

Llegaron los motores, luego otras máquinas, nuevas formas de regar, nuevas maneras de trabajar. Pero la esencia siguió siendo la misma.

Porque el agricultor y el ganadero saben algo que no se aprende en los libros, que no es otra que la tierra hay que cuidarla si se quiere seguir viviendo de ella.

El campo ha avanzado. Se ha modernizado. Ha aprendido a producir mejor. Pero sigue dependiendo de lo mismo que dependían los Toronto: del agua, de la tierra, del respeto por lo que se siembra y por lo que se cría.

Por eso, cuando hoy se habla acertadamente de ecología, a veces conviene recordar algo sencillo: en el campo, mucho antes de que la palabra se pusiera de moda, ya se sabía que la tierra no es solo un recurso. Es la casa. Y quien vive de su casa procura no destruirla. Han aprendido a avanzar sin romper el equilibrio, a mejorar sin olvidar de dónde viene la vida.

El campo ha cambiado, sí, pero la tierra sigue siendo la misma. Con respeto. Con conocimiento y con la sabiduría sencilla de quien sabe que la tierra no se posee: se cuida. Y si cuidas la tierra, la tierra te cuida. Esa sigue siendo la clave, después de tantos avances que vinieron después del motor del agua. La tierra no es algo que se explota, es algo que se cuida para que pueda seguir dando vida mañana.

Lo curioso de la historia de Los Toronto, es que un nieto suyo ha regresado al pueblo, después de vivir en una gran urbe. Me contó que lo primero que vio al entrar a la nave de sus abuelos fue el motor en aquella tabla de madera. Nunca es tarde para volver al origen y continuar con la historia de los que nos precedieron. En la entrada de la nave había una pancarta escrita a mano que su abuelo escribió donde decía: “Nunca olvidéis a vuestros abuelos y padres, ellos os pueden enseñar lo que vivieron y cómo lo vivieron”. El nieto limpió las telarañas del viejo motor y limpió esa pancarta que lo decía todo en una frase.

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