
Mientras se habla de transición ecológica y de sostenibilidad desde muchos foros, el mundo rural sigue perdiendo población y futuro. El verdadero reto no está solo en proteger la naturaleza, sino en garantizar que haya personas que puedan seguir viviendo de ella. Sin relevo generacional en el campo, no habrá territorio vivo ni equilibrio ambiental posible.
Emilio Gómez. 05/03/2026
Podría hablar de casos de relevo generacional en este artículo, pero lo que realmente pretendo decir es que hay que establecer las bases para que ese relevo vaya a más, como una conciencia y una forma de vida. Tenemos que tener claro, diciendo la verdad, que el relevo se tiene que producir primeramente en los hijos de los ganaderos. Y para que eso sea posible hace falta que el oficio sea sostenible en todos los aspectos. También en el económico, que ganen dinero porque es un trabajo duro. Y, además, que sean ayudados económica, social y culturalmente.
Para ello hay que cambiar la mirada al mundo rural desde las grandes ciudades. Hay que mirar positivamente a quienes residen en el campo, que fijan población, que son los guardianes de una manera de ser y de vivir, que conservan tradiciones, cultura y raíces. No nos cuadra que cada año seamos un poco más pobres y más viejos. Y esos pocos que van quedando son fundamentales para dar a conocer las bondades que existen en estas tierras cada vez más olvidadas.
No debemos olvidar que muchos de los avances de esta sociedad han salido del capital humano que se ha criado en las zonas rurales y que, por distintos motivos, se ha marchado. Pero ese talento se ha formado aquí, sobre el esfuerzo de estas tierras.
No podemos pensar en el futuro si no miramos atrás. El ser humano ha convivido siempre en el territorio con los demás animales y también hay que mirar a ellos como garantes del equilibrio natural. El lobo, por ejemplo, no hace barridos de memoria: lleva grabado en sus genes todo lo que a los suyos les ha ocurrido desde el albur de los tiempos.
De ahí la insistencia en admirar su astucia y su estrategia. Nadie ha podido llevar a un lobo al circo, nadie lo ha domesticado. No vive en rebaños, se organiza en manadas, defiende su territorio y, sobre todo, no elige a cualquiera para estar al frente.
Podríamos mirar también a otros animales y aprender de ellos. El respeto a la naturaleza y a las especies que la habitan nace precisamente de la convivencia con ellas. He asistido a la proyección de muchos documentales que hablan de cómo hacer una transición ecológica correcta, pero en muchos de ellos he echado en falta la voz de quienes viven en el territorio: un pastor, un vaquero o un cabrero. En uno de esos documentales alguien hablaba de la biodiversidad del monte y olvidaba que quienes más contribuyen a mantenerla son, muchas veces, los rebaños que lo recorren.
No podemos ocultar nuestra realidad. Cientos de pueblos están muriendo sin cuidados paliativos y el campo parece vengarse de tanto desprecio acumulado. Las cifras hablan por sí solas. Zamora, con casi 150.000 kilómetros cuadrados de territorio, apenas alcanza los 166.000 habitantes: unos 15 habitantes por kilómetro cuadrado. Un territorio sometido al olvido durante décadas donde han crecido la despoblación, el erial y el matorral.
Mientras tanto, otros territorios como Euskadi, con 7.200 kilómetros cuadrados y más de dos millones de habitantes, superan los 299 habitantes por kilómetro cuadrado. La comparación muestra con claridad hasta qué punto lo rural ha quedado deshabitado.
Si de verdad queremos hablar de transición ecológica y de sostenibilidad, quizá debamos empezar por algo sencillo: volver a mirar al campo. No como un lugar atrasado del que marcharse, sino como un territorio que necesita personas para seguir vivo. Porque la naturaleza no se conserva en el vacío. Se conserva cuando hay quien la habita, la conoce y la cuida. Y el futuro del medio rural —y en parte también el del propio medio ambiente— dependerá de que seamos capaces de devolver vida a esos lugares donde, durante siglos, el ser humano aprendió a convivir con la tierra.