
Alto, pelo de adolescente, piel morena. Tiene esa clase de presencia que no necesita anunciarse. A simple vista parece un galán, pero nada más ver como se desenvuelve, se adivina que su mayor tesoro está en su inteligencia. Y también en el amor que le pone a todo. Amor es la palabra mágica que siempre ha seguido. Amor a la política, a su pueblo, a lo que está haciendo, a las personas, a lo que descubre…
Es un hombre hecho a sí mismo. Como esos hombres que parecen hechos para soportar tormentas. Alguien podría pensar que su vida ha sido extraordinaria. Y así es. Pero nadie le regaló nada. Un luchador que ha vencido muchos obstáculos. Sigue entusiasmándole la política, a pesar que ha tenido más de un desencanto.
Dicen que un día desapareció de la primera línea, pero que su nombre seguía sonando en las esquinas, como un rumor, como una leyenda que se repite entre quienes aún creen que la política es el arte de intentarlo todo, aunque cueste la piel.
Él ha sabido empezar desde cero siempre (eso sí con el mismo amor). No le importó nunca empezar de nuevo. Le tenía miedo solo a quedarse quieto, a que la vida se le pasara sin haberla tocado. Nunca le tuvo miedo a nada: al amor, al trabajo, a las promesas, a los retos, a las aventuras, al cambio.
Profesor. Tenía la vida resuelta, o eso parecía. Pero a él le quedaba grande la comodidad. Él no es un político de despacho. Es un político de camino y de vida. Un aventurero que sabe lo que es la vida: una aventura sin más. Podría haber sido cualquier cosa: Un viajero. Un empresario. Un buscavidas en cualquier otra parte del mundo. Pero eligió la política.
Matías siempre será Matías. Un luchador que no deja indiferente a nadie. La vida para él es teatro. Y cada uno llega interpretando el guion que él mismo ha construido. El suyo tiene muchas palabras: amor, aventura, inteligencia y saber que la vida hay que disfrutarla al máximo estés donde estés y tengas el papel que tengas. Fue Marqués de Santillana en una edición. O quizá lo haya estado representando siempre.