Cultura

Tomás y la insoportable levedad del ser

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Tomás Muñoz fue un hombre importante. Muy importante. Fue universal. El empresario discográfico más importante de habla latina. Lo rodeaban los cantantes más espectaculares: Julio Iglesias, Rafael, Roberto Carlos, José Luis Perales, Ricky Martin, Ana Gabriel…artistas que todos le cantaban al amor.

«Pero el héroe a su hogar volvió». Tomás volvió a Villanueva de Córdoba. Vivió sus últimos años en la residencia de Jesús Nazareno. Quería en el tobogán de descenso de su vida recuperar sus recuerdos. Por desgracia, el alzheimer, se los quitó. Todos. Y ya olvidó quién era. Se le fue la escena de ese niño que guardaba cabras entre el frío del monte. Se le fue la imagen de ese joven que llegó a ser director del sello musical más importante. Cuando la música era una de las cosas más importantes. Esa vida  estaba  los discos. Hoy ya todo está en internet. Se le fue la escena de las noches vividas con Julio Iglesias, con El Puma y con tantos. Se le fue la escena de su New York querido.

Y como decía Gardel, en su «Volver», Tomás quiso acabar su vida donde todo se inició. Sabiendo de que sería el final. Todos tenemos una cuna, mejor o peor, en la que se nace. Y tenemos un final. Hagas lo que hagas, somos iguales al fin y al cabo: venimos, estamos y nos vamos.

Toda esa grandeza de Tomás, explorando la vida en su máximo esplendor, terminó en una residencia. Él lo sabía por eso donó tanto a esa que iba a ser su última casa y su despedida.

Los artistas más afanados han mandado mensajes de condolencia. Tomás se fue. La vida es así. Como cantaba el hombre que se hizo universal gracias, en parte, a Tomás:

Al final las obras quedan las gentes se van

Otras que vienen las continuaran

La vida sigue igual

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