
Hoy ha fallecido Florencio Escribano Moreno. Una institución en Pozoblanco. Un hombre conocido por muchas facetas, aunque la principal, aquella que mejor explicaba su manera de entender la vida, fue la pintura.
Florencio era un ser peculiar. No se parecía a nadie porque era exactamente como era. Tenía un carácter inconfundible, una personalidad bien definida y una forma de estar en el mundo que no admitía imitaciones. Florencio no había nada más que uno. Un hombre diferente. Un personaje de novela, con sus luces y sus sombras, sus grandezas y sus contradicciones. Debajo de su piel habitaba el alma de los artistas. Allí convivían el orgullo, los sueños, la vanidad, la sensibilidad y ese sentimiento profundo de quien se sabe artista, con todas las rosas y todas las espinas que lleva consigo semejante condición.
«La vida no necesita de otra cosa que el propio artista para seguir», le escuché decir alguna vez. Y lo decía desde muy dentro. Desde ese lugar donde nacen las convicciones que no necesitan explicarse. Desde el mismo impulso creador que llevó a Miguel Ángel a enfrentarse a la inmensidad de la Capilla Sixtina, convencido de que el arte podía convertir una superficie vacía en algo eterno. Florencio creía en sí mismo. Profundamente. Estaba convencido de que su talento era tan indiscutible como único. Y quizá esa fue una de las claves de su obra: nunca quiso pintar para parecerse a otro, sino para parecerse cada vez más a sí mismo.
Contaba que todo había comenzado con El viejo de la pipa, su primer dibujo. Representaba a un anciano fumando, con el rostro surcado por las arrugas del tiempo. Aquel viejo fue, de alguna manera, la primera puerta que abrió a un universo que terminaría acompañándolo durante toda su vida. Su relación con la pintura atravesaba distintas épocas. Había temporadas en las que podía pasar noches enteras sin dormir, atrapado por aquello que él llamaba inspiración. Y otras en las que parecía perder el interés, como si el artista necesitara alejarse de sus propios cuadros para volver a encontrarse con ellos. Pero el duende seguía dentro. Y aparecía cuando quería.
Dejó una colección numerosísima. No buscaba lo puro, porque decía que lo puro mataba. Tampoco lo impuro, porque, según él, no existía. En realidad, lo que Florencio quería decir era mucho más sencillo: no estaba dispuesto a someter su pintura a ninguna regla que no fuera la suya. Su intensísima vida tuvo, sin duda, una influencia decisiva en su obra. Porque se vive como se es, se habla como se es y, en su caso, se pinta como se es. Sin más.
Su primera exposición llegó en 1984 y se convirtió en un acontecimiento que atrajo a numerosos vecinos. Por entonces pintaba fundamentalmente con ceras, aunque también presentó varios óleos. Una mujer italiana, al contemplar uno de aquellos cuadros, encontró semejanzas con la obra de Modigliani. Desde entonces, Florencio se hizo devoto del pintor italiano. Pero aquella admiración no cambió su propósito. Hizo de su manera de ser una manera de pintar. No siempre resultaba fácil comprender lo que pretendía expresar, aunque quizá precisamente ahí residía parte del misterio de sus cuadros.
Florencio tenía una relación muy particular con la posteridad. Pensaba que sus pinturas podrían alcanzar una fama mayor cuando él ya no estuviera. Y sospechaba que con su propia figura sucedería algo parecido. Soñaba con ser un Van Gogh, aquel genio solitario que apenas obtuvo reconocimiento comercial en vida y al que la posteridad terminó situando entre los grandes de la pintura. Es cierto que Florencio vendió muchos cuadros y que su talento encontró reconocimiento. Pero también convivió con esa sensación tan propia de algunos artistas de no haber recibido todo cuanto merecían. Una vez me lo confesó en voz baja: «Sobrino, no quieren el éxito del talentoso, solo avalan el del mediocre». Era Florencio. Con su orgullo, sus certezas y sus heridas. Con esa mezcla de seguridad y desengaño que también forma parte de la condición humana.
Tuvo siempre el corazón constante de un guerrero. Uno de los acontecimientos que más profundamente marcaron su vida fue la muerte prematura de su madre. Tenía solamente 35 años. Aquella ausencia lo acompañó de una manera que seguramente solo él conocía. Si Charles Dickens tuvo que ponerse a trabajar siendo niño en una fábrica de betún, Florencio conoció también el mundo del trabajo detrás del mostrador de la tienda familiar, Tejidos Escribano. Todavía resuena aquel eslogan tan sencillo como inolvidable: «Tejidos Escribano, en invierno y en verano».
Eran los tiempos en los que el comercio vivía su esplendor. Antes de las compras por internet, de los escaparates digitales y de esa manera de consumir en la que uno puede adquirir cualquier cosa sin cruzar una palabra con nadie. Y entre todos los escaparates de Pozoblanco había uno que tenía algo de espectáculo: el de Tejidos Escribano, en la calle Mayor.
Allí estaban aquellos espejos cóncavos y convexos que parecían sacados del callejón del Gato de Madrid, los mismos que inspiraron a Valle-Inclán para explicar las deformaciones del esperpento. Bastaba colocarse frente a ellos para que el cuerpo se estirara, se encogiera o adquiriera proporciones imposibles. Si un niño se situaba a un lado del escaparate y su amigo al otro, comenzaba una función de figuras disparatadas, carcajadas y gestos que se multiplicaban sobre el cristal. Todos fuimos alguna vez a mirarnos en los espejos del Escribano. Aquel escaparate tenía algo de feria permanente, con su alboroto infantil, sus risas y aquellos rostros que dejaban de parecerse a sus dueños. Los espejos deformaban a cualquiera que se pusiera delante. Y durante unos instantes, en plena calle Mayor, todos podíamos convertirnos en personajes de aquel particular esperpento.
Por entonces las tiendas eran también lugares de encuentro. La gente estaba en la calle, entraba, salía, conversaba. Y Florencio hablaba con unos y con otros, porque pocas cosas le gustaban tanto como una buena conversación. ¿Quién no conocía al Escribano?
También hizo negocio con las monedas. Reunió una colección espectacular, compró, vendió y demostró tener un notable instinto para el trato. Era un buen comerciante, un hombre capaz de descubrir el valor de las cosas y de negociar con esa mezcla de intuición y seguridad que parecía acompañarlo siempre. Y fue viajero. Mucho. Organizó excursiones por medio mundo, porque su curiosidad no se agotaba en las calles de Pozoblanco. Quería conocer otros lugares, descubrir otras formas de vivir y, seguramente, encontrar nuevas historias que contar cuando regresara.
Fue también concejal del Ayuntamiento de Pozoblanco, en aquellos tiempos en los que las responsabilidades municipales se repartían entre representantes del gobierno y de la oposición. Ocupó la Concejalía de Festejos y dejó su particular huella. Entre otras cosas, trajo una y mil veces a Alberto Cortez. No sé cuántas veces escuché en su casa Castillos en el aire. Quizá no fuera casualidad. Porque aquella canción tenía algo de autobiografía. Florencio pasó buena parte de su vida levantando sus propios castillos en el aire. Inventando proyectos, imaginando posibilidades, soñando con cosas que para otros parecían imposibles. Le interesó siempre más el mundo de la imaginación que el de las limitaciones de la realidad.
Y así fue construyendo su personaje, su obra y su vida. Entre pinturas, monedas, viajes, conversaciones, negocios, proyectos y sueños. Entre los aplausos y las incomprensiones. Entre el orgullo de saberse diferente y las heridas que a veces deja precisamente esa diferencia. Florencio fue una institución en Pozoblanco porque pertenecía a esa clase de personas que no pasan inadvertidas. De las que pueden gustar más o menos, despertar admiración o discusión, pero a las que nadie puede negar una personalidad propia.
Y tuvo un sueño que nunca llegó a cumplirse: levantar la segunda torre de Santa Catalina. Aquella torre que imaginó tantas veces y que nunca pudo ver alzarse junto a la primera. Mañana será precisamente la parroquia de Santa Catalina la que lo despida para siempre. Y hay algo profundamente simbólico en esa despedida. Florencio, que pasó su vida imaginando cuadros, viajes y proyectos, que quiso dejar su huella en tantas cosas y que soñó incluso con completar la silueta de su pueblo, se marchará bajo la sombra de aquella iglesia a la que quiso regalarle una torre.
La segunda torre de Santa Catalina nunca llegó a levantarse. Pero Florencio pasó toda su vida construyendo castillos en el aire. Y algunos de esos castillos, convertidos en cuadros, se quedarán para siempre entre nosotros.