Pozoblanco

El adiós a Kiko, una vida detrás de la barra

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Hay personas que pasan toda su vida detrás de la barra de un bar y, sin darse cuenta, terminan formando parte de la vida de los demás. Nos sirven el primer café de la mañana, la cerveza de los domingos o la copa de una noche de fiesta. Nos ven llegar enamorados, tristes, contentos o preocupados. Conocen nuestras costumbres, nuestras manías y hasta nuestros silencios. Y un día se marchan y comprendemos que no eran simplemente camareros. Eran parte de nuestra propia historia.

Uno de ellos era Kiko.

Cariñoso, divertido y trabajador. Un hombre que nunca tuvo demasiado apego por lo material porque lo poco o mucho que tenía era capaz de compartirlo. Kiko era de esos que daban antes de que nadie les pidiera. Tenía un carácter inconfundible, una simpatía desbordante y una facilidad extraordinaria para hacer reír.

Se crió detrás de la barra de un bar. Su padre y sus tíos pertenecían a una familia estrechamente ligada a la hostelería de Pozoblanco. El Bar Kiko y Los Godos formaban parte de la historia de la familia Jurado y también de la memoria de un pueblo que hizo de sus bares verdaderos lugares de encuentro.

Muy pronto comenzó a poner copas en el establecimiento de su padre. Y ya no paró. Él mismo lo contaba con ese humor tan suyo: «He sido camarero toda mi vida, desde aquel curso que repetí en la EGB». Como si aquel tropiezo escolar hubiera decidido su destino y lo hubiera llevado directamente de los pupitres a la barra.

La muerte prematura de su madre fue una de las heridas más profundas de su vida. Nunca dejó de recordarla, especialmente cuando las cosas se torcían y uno necesita volver, aunque sea con la memoria, al lugar donde alguna vez se sintió protegido.

Kiko creció entre aquellos camareros de antes, los de chaqueta blanca y pantalón negro, los que entendían el servicio como un oficio de caballerosidad y buena presencia. Aunque él rompía todos los protocolos, porque su carácter atrevido, su espontaneidad y aquella facilidad para la broma podían más que cualquier norma. Tenía algo de camarero clásico y mucho de personaje irrepetible.

Trabajó con su padre, con sus tíos, regentó el negocio familiar y abrió la Hamburguesería Paz y Paz, una de las primeras de Pozoblanco. Su última etapa profesional transcurrió en el Mesón El Pilar.

Y qué recuerdos dejó el Paz y Paz.

Hubo un tiempo en el que salir de marcha por Pozoblanco significaba terminar la noche allí. Era casi una obligación reponer fuerzas con aquellas hamburguesas gigantes que parecían hechas para devolverle el alma al cuerpo después de tantas horas de fiesta. Hamburguesas enormes, generosas, de las que casi siempre llevaban huevo.

Kiko tenía una explicación para semejante consumo: «Voy a tener que poner una granja de pollos, porque aquí, en el Paz y Paz, es donde más cascarones se rompen».

Y soltaba una de aquellas carcajadas suyas.

Porque Kiko tenía el don de convertir cualquier cosa en una broma. Una conversación, una equivocación o el simple hecho de entrar por la puerta podían terminar en una de sus ocurrencias. Sus tontadas, como tantas veces decíamos, eran parte de su encanto. Aquella risa loca conseguía hacer más llevaderos los días.

Kiko parecía convencido de que también se podía mejorar un poco el mundo sirviendo tapas y tirando cañas. Y quizá tenía razón. Porque hay muchas maneras de hacer felices a los demás. Algunas necesitan grandes discursos. Otras son mucho más sencillas: recibir a alguien con una sonrisa, acordarse de lo que suele tomar o arrancarle una carcajada cuando viene con un mal día.

Los bares de antes tenían mucho de eso. Eran lugares donde uno no solamente iba a consumir, sino también a encontrarse con alguien. Y detrás de aquellas barras había hombres que acababan sabiendo de nuestras vidas casi tanto como nosotros mismos. Kiko perteneció a esa generación de camareros que hicieron de la hostelería una forma de convivencia.

Ahora nos queda su recuerdo. El del muchacho que empezó a trabajar después de repetir un curso de EGB. El del hijo que nunca dejó de echar de menos a su madre. El de las hamburguesas gigantes del Paz y Paz. El de las bromas, las carcajadas y las interminables horas de trabajo.

Le echaremos de menos. Porque Kiko nos sirvió muchos cafés, muchas cervezas y muchas copas. Pero también nos regaló conversaciones, risas y pequeños momentos que entonces parecían insignificantes y que ahora forman parte de nuestros recuerdos.

Pasó su vida detrás de una barra, sirviendo a los demás. Y quizá nunca llegó a saber que, mientras nos servía, también estaba dejando algo de sí mismo en cada uno de nosotros.

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